Hay muchas maneras de vivir la vida. Generalmente, vivimos el día a día tomando decisiones o se presentan ante nosotros eventos que ponen a prueba nuestras fortalezas.
Para la mayoría de las personas, enfrentarse a la vida significa echar mano del miedo. La realidad es que los miedos esconden algunas emociones a las que no se tiene acceso fácilmente y en ocasiones salen disfrazados de fantasías.
Una de las actitudes más comunes ante el miedo es: EL PERFECCIONISMO.
Tú crees que siempre debes intentar ser perfecto. Y cuando fracasas o no alcanzas tus objetivos te criticas sin piedad y te dices casi siempre “¡no soy tan bueno como debería ser!”.
En tu cabeza tienes bien instalada la creencia de que tienes que impresionar a todo el mundo con tus talentos o con tus logros para que te aprecien y acepten. Crees también que tus amigos o colegas no te respetaran si descubren que tienes algún defecto o eres vulnerable. Siempre que alguien te critica o desaprueba te pones a la defensiva y te sientes amenazada.
Lo cierto es que, cuando te vuelves adicta a los logros, estas basando tu autoestima en tu inteligencia, en tu talento, en tus logros o en tu productividad… y esto al final puede volverse contra ti.
Cuando una persona toma una decisión no significa que tiene claro el resultado… Generalmente, tomar una decisión significa que vas a apostar, que vas a confiar en tu intuición, en tu experiencia, y que estás desarrollando tu tolerancia a la duda.
Las diferentes opciones o alternativas que se nos presentan pueden tener ventajas, inconvenientes, y aspectos inciertos o desconocidos. Tomar una decisión frente a dos o más opciones, no implica despejar todas las incógnitas e inconvenientes.
Cuando finalmente nos decidimos por una estamos pasando del análisis a la acción, estamos renunciando a una cosa para hacer de la otra una realidad. Decidir es apostar por una opción, llevarla a efecto, ejecutarla, a pesar de que reaparezca alguna duda o se manifieste algún inconveniente.
¿Y DESPUES?
Un minuto después de tomar una decisión, tenemos las mismas dudas que un minuto antes de hacerlo. La gran diferencia es que ahora estamos comprometidos –ahí está el asunto, en responsabilizarse- en un programa de acción: desactivar una opción, activar y materializar otra.
Una de las cosas más difíciles de aprender es aprender a equivocarse. No me refiero al hecho en sí de fallar, de cometer un error, que eso es muy fácil. Hablo de equivocarse y no venirse abajo, de saber reconocer un error sin sentirse humillado.
La calidad humana no está en no fallar, sino en saber reponerse de esos errores.
Una persona perfeccionista, generalmente posterga sus decisiones hasta encontrar el momento perfecto, la solución perfecta, el planteamiento perfecto… Incluso llega a evitar hacer algunas cosas, porque piensan: “¡no puede ser que yo consiga algo así… de manera tan impecable!”.
¿COMO HAGO?
Aprende a mirar la imagen completa, en lugar de cada detalle. Si te centras en hacer todo perfecto y no avanzas, eso no te dará ningún beneficio. En cambio, si te concentras en el resultado final, poco a poco, podrás ir dejando de lado el perfeccionismo, para valorar el trabajo final.
El perfeccionismo puede obstruir la capacidad natural que tiene una persona para completar un objetivo o una meta, debido a que se van formando altos estándares de calidad y/o estos son muy estrictos.
Cuando sientas que no eres capaz de controlar al 100% una situación, detente y piensa que justamente el valor de las cosas se basa en INTENTAR hacerlas, probar, experimentar y conocerte más a ti misma.
Arriesgarse es un privilegio de las personas con autoestima saludable. Tomar al “toro por los cuernos” implica mucha seguridad en nosotras mismas y una buena dosis de adrenalina, ya que lo que viene después será una aventura que tenemos que vivir y aprovechar al 200%!!
No es fácil, pero cada día, cada experiencia, cada decisión nos da la oportunidad de practicar y la práctica hace al maestro.
Amar lo que haces, sin sufrir mientras lo haces… ¡esa es la clave!

